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Reflexiones peregrinas
Navidad: mirada en el Cielo, pies en la tierra

Por: Hno. José Miguel Villaverde, SSP

¡Alto! ¿Te has dado cuenta cómo va la gente por las calles en diciembre? Me incluyo, todos con prisa por buscar regalos, anhelando ya las vacaciones, como obligados a crear tarjetitas de saludos, e incluso, algunos nos sentimos tentados a querer mostrar nuestro arte navideño por las redes… Pero, llega el 25 por la tarde, ¿Y? Todo aburrido, vacío, ¡En plena solemnidad de Navidad!

Los días de Adviento pasan muy rápido, ahora que te comparto este escrito, ya es 18 de diciembre, aprontándose la Navidad. Por las calles ha comenzado a venderse la flor de coco, y su aroma, muy agradable, me ha podido pacificar un poco, para poder escribir estas líneas.

¿Qué ha pasado? Estamos tan pendientes del futuro, que posiblemente hayamos perdido la brújula del presente, dejando de disfrutar el camino de Adviento que nos ayuda a llegar bien a la Navidad. Hemos bajado la mirada, nuestros ojos ya no están puestos en el Cielo (las cosas de Dios), para ir corriendo por las ofertas, por el regalito, el auto-regalo, los abrazos… como si estuviésemos obligados a ello.

Y, si bien hemos bajado la mirada, nuestros pies están “en las nubes”. Ya no estoy en Asunción, estoy en Sao Paulo, en Lima, en Villarrica, en Encarnación; a donde quisiéramos ir de vacaciones. Esto nos va minando, nos va haciendo el ambiente del presente menos inspirador. Nuestros cuerpos están aquí, pero el corazón ya viajó… Y, de repente, estamos perdiendo minutos valiosos aquí y ahora.

Toda esta “propuesta” de Navidad no me coincide con el misterio de la Encarnación. El Hijo de Dios, con la mirada puesta en su Padre, se abaja, pone los pies en nuestra tierra, “deja” su Gloria para venir a pasar con nosotros la vida cotidiana, nuestros pesados lunes, el trabajo, los atardeceres sin hacer nada, compartiendo con los amigos… La dinámica de la Encarnación va con una lógica distinta a la comercial: ¡Gloria a Dios en el Cielo y paz a los hombres! ¡Con la mirada en lo alto y los pies en la tierra!

Ahora que nos hemos detenido, recalculemos la Navidad, encarnémonos. Disfrutemos día a día, que la Palabra de Dios nos oriente. Inclinémonos para contemplar al Niño, a los hermanos, a oler la flor de coco. A que se abracen nuestro lobo y nuestro cordero. A que realmente tenga sentido decir: ¡Feliz Navidad!