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María de Guadalupe en mi vocación

Por: P. Agustín Cortés García, SSP

Nací en el seno de una humilde familia donde se vive y se tiene un gran amor a nuestra madre Santísima la Virgen María de Guadalupe: es un don que agradezco a Dios. Recuerdo que todas las noches antes de cenar, rezábamos el santo rosario y luego por las mañanas, mientras mi mamá preparaba el desayuno, nos daba catecismo para hacer la primera comunión. Recuerdo que la oración que no me podía aprender era la de “Dulce Madre, no te alejes…” y que después ha sido hasta hoy una de mis oraciones preferidas.

En la vida familiar, nuestras prácticas de piedad siempre han sido acompañadas por una gran devoción a la Virgen de Guadalupe, haciéndola presente en el centro de la casa con un altar adornado con flores, velas y algunos arreglos de papel; lugar especial para dirigir nuestras oraciones agradeciéndole por todos los favores recibidos y para pedir por las familias, por la patria, por las vocaciones, por las necesidades de la familia.

Tengo la convicción de que Dios se fijó en mi familia para llamarme a seguirlo más de cerca, por medio de la vida religiosa, el llamado se fue gestando en casa. Estoy convencido también que la Guadalupana, desde mis primeros pasos en el camino de la vida cristiana, religiosa y sacerdotal, ha estado a mi lado sosteniéndome en cada momento, en cada circunstancia, en cada etapa, pero más en los momentos difíciles. “Madre, quien te ama se salvará y quien te ama mucho será santo”. Gracias, dulce Madre mía de Guadalupe. 

Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes.

Ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes.

Ya que me proteges tanto como verdadera Madre,

Haz que me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.